
La historia
En 2000 el pintor colombiano Fernando Botero hizo a su país un regalo extraordinario. Entregó 123 de sus propias obras, las figuras rollizas e hinchadas que lo hicieron famoso, y junto a ellas 85 piezas de su colección personal de arte europeo y estadounidense, con condiciones estrictas: el museo debía ser gratuito y nada podría venderse jamás.
El banco estatal lo instaló en una mansión colonial restaurada del casco antiguo de Bogotá, La Candelaria, en torno a un patio. Así el visitante pasa de los bodegones descomunales de Botero y su versión redondeada de la Mona Lisa a salas que albergan un Picasso, un Monet, un Renoir, un Degas y un Dalí, obras que la mayoría de los colombianos no podría ver de cerca de ningún otro modo.
El regalo de Botero tenía una intención clara. Quería la colección unida, gratuita y en el país del que provenía, y así ha seguido desde que abrió.
