
La historia
La razón por la que casi todo el mundo acude al Museo Unterlinden de Colmar es un solo objeto: el Retablo de Isenheim, pintado entre 1512 y 1516 por el maestro alemán conocido como Grünewald, con figuras talladas por Niclaus de Haguenau. Estuvo en la capilla de un hospital monástico regentado por la orden de los antonianos en Isenheim, unos kilómetros al sur de aquí.
Los monjes cuidaban a enfermos aquejados del fuego de San Antonio, una dolencia gangrenosa provocada por un hongo del centeno, y Grünewald pintó un Cristo cuyo cuerpo está cubierto de las mismas llagas que sufrían los pacientes. El retablo se abría por etapas según las distintas fiestas, pasando de esa desgarradora crucifixión a una resurrección radiante, de modo que los enfermos que rezaban ante él veían primero su propio mal y luego una promesa de curación.
Los paneles se trasladaron a Colmar durante la Revolución francesa y en 1852 se instalaron en un antiguo convento dominico, sede del museo hasta hoy. A su alrededor las salas reúnen arte medieval renano y arqueología alsaciana, pero casi todos van directos a la capilla.


