
Giacomo Grosso
1860–1938 · Reino de Italia · Arte académico
La historia
En diciembre de 1900 se declaró un incendio en un viejo edificio de Broadway, en Nueva York, donde se exhibía un cuadro italiano por diez centavos la entrada, y el lienzo quedó destruido. Era el Supremo convegno, la Reunión suprema, del turinés Giacomo Grosso, un grupo de mujeres desnudas reunidas en torno al ataúd de don Juan. Cinco años antes había sido la sensación de la primera Bienal de Venecia. El patriarca de Venecia, Giuseppe Sarto, el futuro papa Pío X, lo condenó, el novelista Antonio Fogazzaro lo defendió y los visitantes le dieron el premio del voto popular.
Grosso había recorrido un largo camino hasta aquel escándalo. Era el noveno de los 11 hijos de un carpintero de Cambiano, un pueblo cercano a Turín, y dejó el seminario para estudiar en la Accademia Albertina, la academia de bellas artes de Turín, con una pequeña pensión mensual de su ayuntamiento. Para salir adelante repintaba los letreros de hojalata de los estancos y coloreaba a mano ampliaciones de retratos fotográficos, un trabajo que le enseñó a captar deprisa un parecido. Una vez, tras dos días sin comer, volvió a pie hasta Cambiano para alimentarse.
Ese ojo rápido lo convirtió en el retratista que quería la aristocracia de Turín, y entre sus modelos hubo desde miembros de la familia real hasta el director de orquesta Arturo Toscanini. Desde 1906 ocupó la cátedra de pintura de la Accademia Albertina, y en 1929 fue nombrado senador del Reino de Italia. Le gustaba decir que solo era un pintor, y llamaba artistas, con cierta ironía, a los colegas que rechazaban la tradición académica. Está enterrado en el Cementerio Monumental de Turín.
