
© José Luiz Bernardes Ribeiro · CC-BY-SA-4.0
San Jorge y la princesa
Ficha
La historia
En la década de 1430, Pisanello era el artista más codiciado por las cortes de Italia, el hombre a quien príncipes como los Este y los Gonzaga pedían medallas y frescos. Para la capilla de la familia Pellegrini, en la iglesia de Santa Anastasia de Verona, eligió un momento inesperado de la leyenda de San Jorge. No lo pintó clavando la lanza en el dragón, como casi todos, sino un instante antes: el caballero se despide de la princesa de Trebisonda y pone el pie en el estribo para montar. Alrededor despliega todo un mundo cortés: trajes suntuosos, animales exóticos, un caballo visto casi de espaldas y una ciudad de cuento al fondo. Y junto a ese mundo de hadas, en lo alto de una horca, se balancean dos ahorcados. Del gran fresco solo se conserva bien esta escena, y en ella Pisanello, que dibujaba caballos y perros sin descanso, cuidó cada crin y cada correa del arnés.




