
La historia
Casi todos los que entran en Santo Tomé, en Toledo, vienen por un solo cuadro. Pasan por una puerta aparte y se detienen ante El entierro del conde de Orgaz, del Greco, un lienzo de más de cuatro metros y medio de alto colgado sobre la tumba del hombre al que representa.
Ese hombre fue Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz, que costeó la reconstrucción de esta iglesia parroquial y murió en 1323. Según una leyenda local, en su funeral san Esteban y san Agustín bajaron del cielo y lo depositaron en la sepultura con sus propias manos. Más de 250 años después, el párroco Andrés Núñez ganó un pleito que obligaba a la villa de Orgaz a seguir pagando la antigua manda del conde, y encargó el cuadro para honrar al benefactor. El contrato de marzo de 1586 indicaba al Greco, el pintor cretense afincado en Toledo, qué debía pintar: abajo el milagro, arriba el cielo abierto, y los caballeros de Toledo asistiendo como dolientes.
El Greco lo siguió con fidelidad. Los dos santos, con vestiduras doradas, bajan el cuerpo armado mientras una fila de toledanos vestidos de negro contempla la escena, pintados como retratos de hombres de su tiempo. El niño de la parte inferior izquierda, que señala la escena, suele identificarse con Jorge Manuel, el hijo del pintor, y el pañuelo que asoma de su bolsillo lleva la fecha de 1578, el año en que nació.
Por fuera, la iglesia conserva su torre de ladrillo del siglo XIV, de estilo mudéjar, levantada en la tradición de los alarifes musulmanes de Toledo, al borde de la antigua judería de la ciudad.
