
La historia
Frank Lloyd Wright dedicó 16 años al edificio a la orilla de Central Park, y no vivió para verlo abrir. El Museo Solomon R. Guggenheim recibió a sus primeros visitantes en octubre de 1959, seis meses después de la muerte del arquitecto, y no se parecía a nada en la Quinta Avenida: una espiral de hormigón blanco, más ancha arriba, una forma que los críticos compararon con una lavadora y con un caracol.
La idea era subir en ascensor hasta arriba y bajar caminando por una única rampa continua, con el arte al lado durante todo el trayecto. Los pintores temían que sus cuadros colgaran torcidos en una pared inclinada dentro de una sala curva. Los visitantes llevan discutiéndolo desde entonces, y en parte por eso vienen.
Detrás había un gusto muy concreto. El magnate minero Solomon Guggenheim, guiado por una pintora y asesora alemana llamada Hilla Rebay, coleccionaba lo que ella llamaba pintura no objetiva, abstracción pura, y sobre todo la obra de Vasili Kandinsky. Rebay quería que Wright construyera un templo del espíritu para ella, y él la complació. El museo aún conserva uno de los fondos de Kandinsky más profundos que existen, colgado a lo largo de esa misma lenta rampa descendente.


