
Paul Gauguin, The Yellow Christ, 1889. Wikimedia Commons. · PD
El Cristo amarillo
Ficha
La historia
En 1889 París inauguraba la Torre Eiffel y presumía de hierro y progreso en la Exposición Universal. Gauguin le dio la espalda a todo eso y se marchó a Pont-Aven, un pueblo de Bretaña donde la vida campesina seguía marcada por la fe. Allí entró en la capilla de Trémalo y encontró un viejo Cristo de madera policromada, tallado siglos atrás. Lo sacó de la penumbra y lo plantó al aire libre, sobre los campos amarillos del otoño bretón. A los pies de la cruz sentó a tres campesinas con sus cofias blancas y sus trajes negros, tranquilas, como quien reza una tarde cualquiera. El color no imita nada: el cuerpo de Cristo es de un amarillo plano y encendido, sin sombras que lo redondeen, y las líneas oscuras encierran cada zona como en una vidriera. Gauguin buscaba en esa Bretaña una fe sencilla y directa que sentía perdida en la ciudad. Al fondo, un pequeño muro y una figura que salta la tapia recuerdan que, mientras dura el drama sagrado, el trabajo del campo continúa.




