Hospital de la Santa Caridad
Sevilla, España
La historia
Al entrar en la iglesia de San Jorge del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla, los dos primeros cuadros hablan de la muerte. Junto a la entrada, un esqueleto alarga la mano para apagar una vela al lado de las palabras latinas In ictu oculi, en un abrir y cerrar de ojos. Enfrente, un obispo y un caballero se descomponen en sus ataúdes bajo el lema Finis gloriae mundi, el fin de la gloria del mundo. El pintor sevillano Juan de Valdés Leal los pintó para Miguel Mañara, un noble que quería que cada visitante recordara dónde terminan la riqueza y el rango.
Mañara ingresó en 1662 en la Hermandad de la Santa Caridad, una cofradía cuya antigua tarea era enterrar a los ajusticiados y a los ahogados en el Guadalquivir. Como hermano mayor convirtió unas viejas naves de las atarazanas junto al río en un hospital para los pobres, y dio a la iglesia un programa único sobre las obras de misericordia. Bartolomé Esteban Murillo, el pintor más querido de la ciudad, pintó los grandes lienzos de Moisés haciendo brotar el agua de la roca y de la multiplicación de los panes y los peces, y el escultor Pedro Roldán talló el retablo mayor dorado con el entierro de Cristo.
El conjunto no se conservó entero. Durante la ocupación francesa de Sevilla, el mariscal francés Soult se llevó varios Murillos, y cuatro de ellos cuelgan hoy en Londres, Washington, Ottawa y San Petersburgo. La Santa Isabel de Hungría de Murillo, que lava la cabeza de un niño tiñoso, no volvió hasta 1939, tras más de un siglo en Madrid. En 2026, con la iglesia en restauración, 14 de estas obras se expusieron juntas en Madrid, en el centro cultural Conde Duque.
La hermandad sigue gestionando el hospital como residencia para personas mayores, y en sus salas se guarda también un pequeño Cristo crucificado de Francisco de Zurbarán.
