
La historia
Suba la escalinata de la entrada, en la Rue des Musées, y fíjese en las barandillas, donde montan guardia unos animales tallados en piedra. Pertenecen a un edificio que La Chaux-de-Fonds, ciudad relojera en lo alto del Jura suizo, esperó más de 60 años. Una sociedad de aficionados al arte empezó a coleccionar en 1864 con la idea de poner buena pintura ante los ojos de los artesanos de la ciudad, y durante décadas las obras pasaron del vestíbulo de un casino a una escuela. En 1899 el fondo para construir creció con el legado de Léon Gallet, destacado relojero local, y el museo abrió por fin en junio de 1926.
Lo proyectaron el arquitecto René Chapallaz y el pintor Charles L'Eplattenier, el profesor de la escuela de arte que formó al joven Charles-Édouard Jeanneret, después conocido como Le Corbusier. El resultado es un edificio neoclásico con toques art déco, que cumplió su centenario en 2026.
Buena parte de la colección es arte suizo de los siglos XIX y XX, con mucho peso de los pintores de la propia ciudad. La sala que más piden los visitantes procede de un discreto matrimonio local, René y Madeleine Junod, que en 1986 legaron 30 cuadros a la ciudad, tantos que hizo falta una ampliación a cargo del arquitecto Georges Haefeli. Allí están el huerto de Pontoise que Pissarro pintó en 1877, un paisaje de Le Pouldu de Gauguin, un Renoir tardío de su jardín de Les Collettes y una niña despeinada que Van Gogh pintó en 1888. El museo tiene además un Van Gogh anterior, de sus años holandeses, un campesino inclinado sobre el cesto que está tejiendo.
