
La historia
Tres veces al año, el sábado anterior al primer domingo de mayo, el 19 de septiembre y el 16 de diciembre, la multitud llena la catedral de Nápoles para ver cómo el arzobispo alza una ampolla de vidrio que, según la tradición, contiene la sangre seca de san Genaro, patrón de la ciudad, y esperar a que se licúe. La reliquia se guarda en la Real Capilla del Tesoro de San Genaro, que la ciudad prometió construir durante la peste de 1527 y que se levantó y decoró en el siglo XVII. Sus frescos son de Domenichino, el pintor boloñés, y un retablo de José de Ribera, el español que trabajó en Nápoles, muestra al santo saliendo ileso de un horno.
La catedral es ante todo una iglesia en uso, sede del arzobispo, pero reúne muchos siglos de arte bajo un mismo techo. Los reyes angevinos levantaron el templo gótico hacia 1300 sobre basílicas más antiguas, y junto a su nave izquierda sobrevive la iglesia paleocristiana de Santa Restituta, con el baptisterio de San Giovanni in Fonte y sus mosaicos de hacia el año 400. La fachada neogótica que se ve desde la Via Duomo es muy posterior, terminada en 1905.
Bajo el altar mayor se encuentra el Succorpo, una cripta renacentista de mármol construida para el cardenal Oliviero Carafa con el fin de albergar los restos del santo. El mismo cardenal encargó a Pietro Perugino, el maestro umbro que formó a Rafael, una gran tabla de la Asunción de la Virgen con los apóstoles en torno al sepulcro vacío, fechada en 1506. Los especialistas aún discuten qué parte pintó su taller. Hoy cuelga en la capilla Seripandi, y la figura arrodillada que aparece en ella ha sido identificada como el propio Carafa.
