
La historia
Cuando Pedro Pablo Rubens regresó a Amberes en 1608, tras ocho años en Italia, era uno de los pintores más solicitados de Europa y se construyó una casa a su altura. En una calle de la ciudad añadió un ala barroca italiana a una vivienda flamenca, con un pórtico tallado que se abría a un jardín formal, y desde allí dirigió durante tres décadas el mayor taller de pintura al norte de los Alpes.
El estudio era una pequeña fábrica. Rubens esbozaba una composición y un equipo de ayudantes, entre ellos el joven Antoon van Dyck, la desarrollaba hasta sus correcciones antes de que él mismo rematara los pasajes importantes. De estas salas salieron retablos y escenas de caza que se enviaban a reyes de todo el continente.
La casa pasó a otras manos y estuvo a punto de perderse antes de que Amberes la comprara y restaurara en el siglo XX. Hoy está amueblada como el hogar de un pintor acaudalado de la década de 1630, con algunos de sus propios cuadros colgados y la escultura antigua que coleccionaba para tomarla como modelo.




