
La historia
Quien rodea por fuera el Museo Thorvaldsen, en Slotsholmen, la isla del palacio en el centro de Copenhague, va leyendo una procesión. Un largo friso del pintor Jørgen Sonne muestra el día de 1838 en que el escultor Bertel Thorvaldsen volvió de Roma tras unos 40 años fuera y fue recibido por la multitud en el puerto.
Regresaba como uno de los escultores más célebres de Europa, y Copenhague ya había reunido fondos por suscripción pública para un museo que acogiera su obra. El arquitecto Michael Gottlieb Bindesbøll le dio ecos griegos y egipcios, colores intensos y un techo pintado distinto en cada sala. Thorvaldsen murió en 1844, cuatro años antes de la inauguración, y está enterrado en el patio interior.
Dentro están sus mármoles y, sobre todo, sus modelos en yeso, los originales a tamaño real a partir de los cuales salieron versiones en mármol y bronce hacia iglesias y plazas de toda Europa. Entre ellos está Jasón con el vellocino de oro, la figura que le dio fama en Roma.
Thorvaldsen también fue coleccionista. Trajo antigüedades y una gran colección de pinturas, de artistas a los que había tratado en Roma y de daneses más jóvenes. Por eso cuelga en el museo de un escultor un paisaje sereno del pintor danés Johan Lundbye, un túmulo funerario en Raklev, en Refsnæs, pintado en 1839.
