Seguidor de El Bosco

Países Bajos de los Habsburgo · Renacimiento nórdico


La historia

Hacia 1560 un cortesano español llamado Felipe de Guevara se puso a escribir sobre pintura y denunció un negocio turbio. Los imitadores de El Bosco firmaban sus propias tablas con el nombre del maestro muerto, y como pintaban sobre todo monstruos y diablos, la gente acabó creyendo que El Bosco no había pintado otra cosa. El Bosco había muerto en 1516 en Bolduque, la ciudad brabanzona de la que tomó su nombre. Sus cuadros siguieron vendiéndose el resto del siglo, y los pintores siguieron surtiendo el mercado.

Seguidor de es una fórmula de catálogo con un sentido preciso. La mano es de otro, alguien que trabajó a la manera de El Bosco en vida del maestro o poco después, sin que se afirme que llegara a formarse con él. Dice menos que atribuido a, que todavía deja abierta la posibilidad de la mano del propio maestro.

Conviene mirar lo que la fórmula ha reunido aquí. Dos Tentaciones de san Antonio, una en Bruselas y otra en Utrecht que apenas mide 26 centímetros de alto. Dos Juicios Finales, uno en Múnich y un tríptico en el castillo de Wawel, en Cracovia. Un Cristo coronado de espinas en El Escorial, el palacio monasterio de Felipe II, que coleccionó a El Bosco con más empeño que ningún otro soberano europeo. En el Prado, dos tablas altas y estrechas, el paraíso en una y el infierno en la otra, siguiendo una composición del maestro. En Boston, una tabla que el museo llama Purgatorio y que también registra como Infierno, donada en 1908. Los asuntos se repiten porque eran los que pedía el mercado. La más tardía de las que tienen fecha se sitúa hacia 1550, 34 años después de que enterraran al hombre.

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