Cuando en 1878 se abrió en Atenas la primera pinacoteca pública, tenía 117 cuadros, y la mayoría eran de pintores extranjeros. La Galería Nacional no se creó hasta la ley del 10 de abril de 1900, y un año después recibió la colección de Alexandros Soutsos, que había legado su fortuna para fundar un museo de pintura. En 1954 la fundación Soutsos se fusionó con la galería, y su nombre pasó a formar parte del nombre completo del museo.
En el siglo XIX los griegos aprendían a pintar en Múnich, porque el rey de Grecia, Otón, era bávaro, y por la Academia de Múnich pasaron casi todos los pintores griegos de ese siglo. Unos volvían y enseñaban en Atenas, otros se quedaban en Alemania y pintaban de memoria la aldea griega. La lista empieza con un cretense que se marchó a Venecia, después a Toledo, y nunca volvió a su tierra, y termina con un cuadro pintado hacia 1925 en el patio de una casa isleña, en pleno calor del verano.
1. El entierro de Cristo — El Greco

En diciembre de 1566 se tasó y se vendió por 70 ducados de oro un icono sobre fondo de oro, «La Pasión de Cristo», que el joven Doménikos Theotokópoulos había pintado en Candía. Candía, la actual Heraclión, era la ciudad principal de Creta, la isla pertenecía entonces a Venecia, y según el catálogo que la Galería Nacional publicó en 2014, era más o menos lo que costaba en Venecia un cuadro de Tiziano o de Tintoretto. El icono se ha perdido. Poco después el pintor se fue a Venecia, en 1570 se trasladó a Roma y de allí pasó a España, donde lo llamaron El Greco, es decir, el Griego. Murió en Toledo en 1614 sin haber vuelto nunca a Creta, y toda su vida firmó con letras griegas.
Tampoco «El entierro de Cristo» había estado nunca en Grecia antes de que la galería lo comprara. La historia de la tabla la reconstruyó Michalis Doulgeridis, jefe del departamento de restauración de la galería. En el reverso lleva el escudo de los Ledesma de la Fuente, una familia a la que el rey de España concedió el título de conde en 1710. Después la tabla estuvo en una colección mexicana y en manos de un coleccionista francés del siglo XIX, aunque Doulgeridis no dice cuándo ni cómo cambió de dueño. En enero de 1995 se vendió en una subasta de Christie's en Nueva York, poco después pasó al marchante londinense Derek Johns, y hacia el año 2000 la galería la compró, según Doulgeridis, por 700 000 dólares. El dinero salió de una colecta en toda Grecia, de las aportaciones de empresas públicas y de la Fundación Onassis, y de los fondos de la propia galería.
La galería fecha la tabla entre 1568 y 1570, en los años venecianos del pintor. De la pintura de iconos, según escribe el museo, solo conservó el soporte de madera y el temple al huevo, y el temple lo mezcló con óleo, como hacían los venecianos. La composición la armó a partir de dos grabados, el «Descendimiento» de Parmigianino y el «Santo Entierro» de Battista Franco. El sarcófago de piedra blanca está colocado en diagonal, con una esquina hacia el espectador, para llevar la mirada hacia el fondo. Cristo está sentado en su borde, pálido y pesado, con la cabeza caída sobre el hombro, los ojos cerrados y el brazo izquierdo colgando, y apoya en el suelo un pie descalzo. A la izquierda, un hombre vestido de pardo, con un paño blanco en la cabeza, se inclina de espaldas a nosotros y tira del sudario por encima del borde del sepulcro. Detrás del cuerpo, entre las mujeres, la Virgen, con un velo gris verdoso, echa la cabeza hacia atrás, y el museo dice que se está desmayando. Delante del sarcófago, en el suelo, están la corona de espinas y tres clavos oscuros.
A la derecha, algo apartado de los demás, hay un joven con un manto de un naranja encendido que baja la cabeza. Es san Juan Evangelista, y entró en la composición después que las otras figuras. Los restauradores de la galería examinaron la tabla con rayos infrarrojos y vieron que el pintor había terminado una primera fase del trabajo y solo entonces decidió añadir a Juan. Doulgeridis señala que esta figura no aparece en ninguno de los grabados conocidos de los que se sirvió El Greco.

2. El concierto de los ángeles — El Greco
«El concierto de los ángeles» era la parte superior de una «Anunciación». En 1608 El Greco recibió el encargo de los retablos para la iglesia del Hospital de Tavera, en Toledo, y la «Anunciación» estaba destinada al altar lateral derecho. Cuando el pintor murió en 1614, los cuadros del hospital quedaron sin terminar. Al parecer, el lienzo se cortó a finales del siglo XIX. La parte inferior, con la Virgen y el arcángel Gabriel, está en Madrid, en la colección del Banco Santander, y a Atenas llegó el cielo que había sobre ellos.
El coleccionista y marchante húngaro Marcell Nemes fue uno de los que redescubrieron a El Greco a principios del siglo XX y compraban sus cuadros en España. Murió en 1930, y en junio de 1931 su colección salió a subasta en Múnich. Allí el Estado griego compró la larga franja de lienzo con los ángeles músicos por 5 900 775 dracmas, y la galería la considera la adquisición más importante de los años en que la dirigió el escritor Zacharias Papantoniou.
Los ángeles no tienen alas, y el museo lo subraya. Están de pie y sentados sobre nubes, contra un cielo oscuro de un gris verdoso, y el museo enumera sus instrumentos, una espineta, un arpa, una flauta y una viola da gamba. La espineta queda, al parecer, casi entera fuera del borde izquierdo, y de ella solo se ve la tapa de madera oscura, sobre la que apoya la mano el ángel del extremo, vestido de rosa lila. A su lado, un ángel de pelo rizado, vestido de amarillo verdoso, sostiene un libro de música abierto con notación cuadrada, en el centro se alza un arpa alta, más a la derecha un ángel de blanco plateado, de espaldas a nosotros, se lleva la flauta a los labios, y junto al borde derecho un ángel de azul pálido mira hacia arriba y sostiene la viola, cuya caja clara ocupa la esquina inferior derecha. Los ropajes están pintados con largas franjas de luz, y el color cambia dentro de un mismo pliegue, del rosa al blanco, del verde al amarillo. El museo considera que el lienzo está sin terminar. Abajo, entre las nubes, se revuelven unos putti pequeños y desnudos, y el borde inferior del lienzo pasa justo por encima de ellos, por donde la franja se separó de la «Anunciación».
3. Episodio de la Guerra de Independencia griega — Eugène Delacroix
Un insurgente griego con fustanela blanca galopa sobre un caballo de color crema claro, y el caballo, en pleno salto, recoge las patas delanteras. El jinete lleva un gorro rojo envuelto en un pañuelo amarillo, las puntas del pañuelo y una capa verde forrada de rojo ondean a su espalda, y junto a las riendas sujeta en la mano un arma pequeña con empuñadura de plata, al parecer una pistola. Bajo los cascos, a lo largo del borde inferior del lienzo, yace boca abajo un turco muerto con turbante blanco. A la derecha, un griego a pie, de espaldas a nosotros, dispara con un fusil largo hacia una torre redonda en ruinas envuelta en humo blanco de pólvora, y al lado hay en el suelo dos caballos muertos. El museo califica el cuadro de antiheroico y antiépico, y ve en el jinete la encarnación de un ideal.
Delacroix se hizo famoso en la década de 1820 con temas griegos. «La matanza de Quíos» la expuso en el Salón de 1824, y «Grecia sobre las ruinas de Missolonghi» la pintó en 1826. La sublevación griega era entonces uno de los asuntos que más se discutían en la vida artística y pública de París. Delacroix nunca estuvo en Grecia. Este lienzo lo pintó en 1856, 30 años después de la guerra, siendo ya un maestro reconocido, y ese mismo año pintó otro parecido, con un jinete griego y un turco que se rinde, que está en los museos de arte de Harvard. La firma y la fecha están en el ángulo inferior derecho, «Eug. Delacroix / 1856».
En 1978 el cuadro apareció en una subasta en París, y el Estado griego lo compró con la ayuda de los armadores Vassilis Goulandris y Stavros Niarchos. La televisión griega ERT informó entonces de que el precio rondó los 3,7 millones de francos y de que entre los rivales en la puja estaba el actor Alain Delon.
4. Kanaris incendia el buque insignia turco — Iván Aivazovsky
En la primavera de 1822 las tropas turcas perpetraron en Quíos la matanza que Delacroix pintaría dos años más tarde, y en junio la flota turca estaba fondeada frente a la isla celebrando el Bayram, el fin del Ramadán. En la noche del 18 al 19 de junio se le acercaron dos brulotes griegos, barcos cargados de materias inflamables. Konstantinos Kanaris, de la isla de Psará, enganchó el suyo a la nave capitana de Nasuhzade Alí Bajá, el kapudan bajá que mandaba la flota otomana, le prendió fuego y se alejó en una barca. El fuego llegó a la santabárbara y el barco voló por los aires. Según el recuento habitual murieron unas 2000 personas, y el kapudan bajá, herido de muerte, murió en la orilla. Kanaris llegó después a almirante, presidió varias veces el gobierno y murió en 1877.
Aivazovsky pintó aquella noche en 1881, 59 años después. En 1822 tenía cinco años y vivía en Feodosia. El cielo, el mar y las rocas son de un azul lila frío, y solo a la izquierda del centro arde una llama de un naranja amarillento. El barco de tres palos, con banderas rojas, está vuelto de popa hacia el espectador, el fuego brota de la proa junto con astillas de madera, las chispas vuelan más alto que la arboladura y el ángulo superior izquierdo está cubierto de humo negro. A la derecha, cortada por los bordes del lienzo, se aleja una barca con unos seis hombres. Uno de ellos va de pie, con camisa blanca y faja roja, y mira hacia arriba, al fuego, y desde el incendio hasta la barca se extiende sobre el agua un reguero dorado. El punto de vista es bajo, a la altura de los remeros.
En la ficha de la galería el cuadro figura como donación del Instituto Politécnico. Desde 1841 se reunían allí los cuadros que pertenecían al Estado, y es probable que el lienzo de Aivazovsky llegara a la galería en 1900, cuando el instituto los entregó al nuevo museo. Cómo llegó al propio instituto es algo que los investigadores no han averiguado. Cuando Aivazovsky murió en Feodosia en 1900, tenía en el caballete una «Explosión de un barco» sin terminar, y en ella Kanaris vuelve a hacer volar el buque insignia turco frente a Quíos.
5. El éxodo de Missolonghi — Theodoros Vryzakis

A Petros, el padre de Theodoros Vryzakis, lo ahorcaron los turcos en 1821, el primer año de la sublevación, y la galería abre la biografía del pintor presentándolo como un huérfano de la Guerra de Independencia. De niño vivió en un orfanato de la isla de Egina, en 1832 lo llevaron a Múnich, a la escuela para huérfanos griegos fundada por el rey Luis I de Baviera, y en 1844 entró en la Academia de Múnich. La galería da dos años posibles para su nacimiento, 1814 o 1819. Vryzakis pintó la guerra casi siempre en Baviera, de memoria, a partir de grabados y de los estudios que había hecho en Grecia entre 1848 y 1851.
Las tropas turcas y egipcias sitiaron Missolonghi durante un año entero. En la primavera de 1826 la ciudad pasaba hambre, y en la noche del 22 al 23 de abril, víspera del Domingo de Ramos, la guarnición salió a romper el cerco junto con los habitantes. Los turcos conocían el plan de antemano, y muchos murieron al salir de la ciudad.
Vryzakis pintó «El éxodo» en Múnich en 1853, en un lienzo alto con la parte superior redondeada, y lo dividió en dos zonas, la celestial y la terrenal. Arriba, sobre una nube, Cristo está sentado en un trono con los brazos muy abiertos, rodeado de ángeles con coronas de laurel y ramas de palma. Abajo, los combatientes se lanzan al ataque por un puente de madera, y su jefe, con fustanela blanca, levanta un sable curvo bajo una bandera blanca con una cruz azul. Entre los hombres apunta con un fusil una joven con fez rojo, a la derecha un hombre con un cuchillo entre los dientes salta un muro y sujeta una bandera roja con una media luna en el asta, y bajo el puente yacen mujeres y niños caídos, y una madre aprieta contra sí a su criatura. El museo escribe que la composición se desarrolla en vertical, sin profundidad, y que por su construcción el cuadro recuerda a un icono. Según el museo, en 1853 obtuvo en Viena un primer premio.
Vryzakis pintó este tema tres veces, y solo se ha conservado este lienzo. Según Katerina Spetsieri-Beschi, estudiosa de su obra, lo compró el rey Luis I de Baviera, después salió de la colección de Múnich, pasó por manos privadas y terminó en la embajada de Grecia en Roma, donde Spetsieri-Beschi lo encontró en 1977. No se ha hallado ningún documento que diga cuándo ni cómo pasó a la galería.
Las otras dos versiones, según la misma investigadora, ardieron en 1929, cuando se incendió intencionadamente el ayuntamiento de Missolonghi. La imagen se salvó porque en 1856 se había hecho en París una litografía de aquel cuadro. Tras el incendio, Angelos Kasolas, que tenía 23 años, pintó a partir de esa litografía una copia para Missolonghi, y esa copia, como santo icono del Éxodo, se lleva cada año en procesión por la ciudad.

6. Retrato de la señora Serpieri — Nikiforos Lytras

Clémence Serpieri está de pie, de cuerpo entero y a tamaño natural, en un lienzo de casi dos metros y medio de alto. Es el retrato más solemne de Lytras, pintado en 1869. Lleva un vestido de terciopelo color vino oscuro que le deja los hombros al aire, la cola se derrama hacia el ángulo inferior izquierdo, los pliegues iluminados de la falda arden en un rojo intenso, y el resto del terciopelo es casi negro. Sobre los brazos lleva un chal de encaje negro, en el pelo tres estrellitas con piedras, al cuello una doble vuelta de perlas, y en la mano derecha, caída, un abanico entreabierto. A la izquierda se alza una enorme columna estriada, como manda el retrato de aparato, y en la alfombra oriental, junto al bajo del vestido, hay una sola rosa blanca. Mira de frente al espectador, tranquila y sin sonreír.
Era la mujer de Giovanni Battista Serpieri, un ingeniero metalúrgico italiano que en 1864 fundó con unos socios de Marsella una compañía para extraer plata y plomo en Laurio, al sur de Atenas. La compañía se dedicaba sobre todo a volver a fundir las escorias que habían dejado las minas antiguas. Los Serpieri tenían en Atenas una mansión en la calle Panepistimiou, y el italiano y su mujer, de nombre francés, pertenecían a la cúspide de la nueva sociedad ateniense que retrataba Lytras.
Nikiforos Lytras nació en 1832 en Pyrgos, en la isla de Tinos, estudió en la Escuela de Artes de Atenas y en 1860 se fue a Múnich, donde estudió en la academia con Karl von Piloty. En 1865 volvió a Atenas, desde 1866 enseñó pintura en esa misma Escuela de Artes y conservó la cátedra casi 40 años, hasta su muerte en 1904. La galería lo llama el padre de la pintura griega moderna. Fueron alumnos suyos Altamouras e Iakovidis, de quienes se habla más adelante, y su hijo Nikos, también pintor, pintó el último cuadro de esta lista.
En la ficha de la galería el retrato consta como donación de Ioannis V. Serpieri, un miembro de la familia. En 2011 se mostró en una exposición de tesoros desconocidos de las colecciones de la galería, y su directora, Marina Lambraki-Plaka, lo eligió como cuadro principal de la muestra. La revista LiFO cuenta que el marco dorado se encargó en el extranjero y pesa tanto que hicieron falta ocho personas para colgar el cuadro.

7. Caique en Spetses — Ioannis Altamouras
En el ángulo inferior derecho de este cuadro pequeño, Ioannis Altamouras escribió en griego el lugar y el día: Spetses, 16 de junio de 1877. En el centro hay un velero de velas cuadras, aunque los griegos llamaban caique a cualquier barco de vela de trabajo. Todas las velas cuelgan arrugadas y flojas, como en una calma chicha, y solo la más baja y grande recibe una luz cálida, entre crema y ocre. El mar es liso y pálido, junto al costado hay dos hombres en una barca oscura, y uno de ellos, con camisa blanca, va a los remos, detrás de la popa flota un bote vacío, y a través de la capa fina de pintura del cielo asoma la trama del lienzo. Junto al borde derecho, en el tercio superior, hay sobre el cielo un pequeño rectángulo opaco de un ocre oliváceo que no forma parte de la imagen y parece un retoque posterior o una laguna rellenada.
Altamouras nació en 1852 en Italia, hijo del pintor napolitano Francesco Saverio Altamura y de la griega Eleni Boukoura, de una familia de armadores de la isla de Spetses. Los padres se separaron, y hacia 1857 la madre se llevó a los hijos a Atenas. En 1871 y 1872 estudió en la clase de Nikiforos Lytras, y de 1873 a 1876 en Copenhague, en la Real Academia, con el pintor de marinas Carl Frederik Sørensen, gracias a una beca real (según el Museo Benaki, se la concedió el rey Jorge I, que era príncipe danés). En 1876 Altamouras volvió enfermo de tuberculosis, se instaló en Spetses, la isla natal de su madre, y allí pintaba barcos. Murió en Spetses en 1878, a los 26 años.
A su madre, Eleni Boukoura-Altamoura, se la considera la primera pintora griega con formación académica, y ella misma se convirtió en una figura casi legendaria. Se cuenta que en Italia no se admitía a las mujeres en los estudios de pintura y que, para poder estudiar, se cortó el pelo y se hizo pasar por hombre. La historia se hizo muy conocida sobre todo con la novela de Rhea Galanaki «Eleni o Nadie», publicada en 1998. En una exposición del Museo Benaki en 2011 se mostró su autorretrato con una ropa parecida a un hábito de monja, el pelo muy corto y un anillo de casada. Su hija Sofía murió en 1872 y su hijo en 1878, y según otra tradición, tras esas muertes Eleni quemó sus cuadros. La comisaria de aquella exposición, Eleni Kypreou, piensa otra cosa, y cree que los cuadros y los papeles los quemaron unos parientes cuando vaciaron la casa de Spetses tras la muerte de Eleni en 1900.

8. Recogiendo las redes — Konstantinos Volanakis
Marina Lambraki-Plaka, que dirigió la Galería Nacional, contó a la revista LiFO que en 2002 la galería compró este cuadro a buen precio. Los cuadros de Volanakis suelen comprarlos los armadores griegos, y según ella prefieren los que tienen barcos, mientras que unos pescadores en una barca vieja les interesan menos.
La barca está a la derecha del centro, pesada y gastada, y se ve como una silueta casi negra, porque la luz viene del fondo del cuadro, del horizonte, donde amanece sobre el mar. En la barca van cinco hombres. Un pescador con los brazos desnudos se inclina hacia la red, otro está echado tan abajo que solo se le ven la cabeza y la espalda, la cabeza del único que está de pie, con sombrero de ala ancha, queda un poco por encima de la línea del horizonte, el cuarto se asoma por la borda y tira de la red, y en la popa, detrás de una jarra de vidrio azul, está sentado un hombre pequeño con gorro. Del costado cuelga la red mojada, sobre la popa asoma en diagonal hacia arriba una verga con la vela rota, y en todo el cuadro no hay diagonal más fuerte. A la izquierda, apartado, hay un barco de velas cuadras, las nubes son de un gris perla y crema, y amarillo pálido junto al horizonte. En el ángulo inferior izquierdo está la firma, «C. Bolanachi München 71», es decir, el cuadro se pintó en Múnich, lejos de cualquier mar, en 1871.
Volanakis nació en 1837 en Heraclión, en Creta, y de joven trabajó de contable en la casa de comercio de su cuñado, Georgios Afendoulis, en Trieste. Los periódicos griegos repiten la historia de que Afendoulis encontró barcos dibujados en los libros de cuentas y que a partir de entonces le pagó los estudios. En 1864 Volanakis entró en la Academia de Múnich, con Piloty, y pocos años después ganó un concurso austriaco con un cuadro sobre la batalla naval de Lissa, que compró el emperador Francisco José. La galería sitúa «Recogiendo las redes» entre los primeros impulsos impresionistas de la pintura griega y lo considera uno de los cuadros más libres del pintor. Volanakis no volvió a Grecia hasta 1883, se instaló en El Pireo y en 1895 abrió allí su propia escuela.
9. Los esponsales de los niños — Nikolaos Gyzis
El cura de la aldea, con sotana negra, ya le ha puesto el anillo al niño y, según la descripción del museo, tiende la palma abierta hacia la niña para que ella tome el suyo. El niño, con chaqueta roja y zaragüelles blancos, se mira desconcertado la mano, que aprieta contra el pecho, y la niña, toda de blanco y con un gorrito, baja los ojos y alarga la mano hacia un libro abierto sobre una mesita. Los niños están en medio de una habitación campesina de techo bajo, y los adultos, sentados y de pie, los rodean en semicírculo. A la derecha se ríe a carcajadas un hombre bigotudo con una calabaza redonda que, según el museo, lleva vino para el brindis. Los hombres de la izquierda cruzan miradas y sonríen con sorna, en la puerta se apiñan mujeres con pañuelos blancos, y en el ángulo inferior izquierdo una joven con chaleco bordado se inclina sobre una cuna donde duerme un bebé.
El museo explica la costumbre así: a los niños se los prometía pronto, quizá para protegerlos del devshirme, la leva con la que las autoridades otomanas se llevaban a niños cristianos y los criaban para hacerlos jenízaros y funcionarios.
Nikolaos Gyzis nació en 1842 en la aldea de Sklavochori, en Tinos, a los ocho años se trasladó con su familia a Atenas y estudió en la Escuela de Artes. En 1865 se fue a Múnich con una beca de la fundación de la Evangelistria, la principal iglesia de peregrinación de Tinos, y desde 1868 estudió con Piloty. En 1872 volvió a Grecia por dos años, y en 1873 viajó a Oriente, a Asia Menor, con Nikiforos Lytras, a quien el museo llama su amigo, paisano y maestro. En 1874 se instaló definitivamente en Múnich, llegó a ser profesor de la academia y nunca volvió a Grecia. «Los esponsales de los niños» los pintó en su taller de Múnich en 1877, de memoria y a partir de los apuntes de aquel viaje, y según la galería hay dos versiones del cuadro, y las dos recibieron premios.

La luz entra en la habitación por una ventana blanca y profunda a la izquierda, y lo más luminoso del cuadro son el vestido de la niña y el mantel bordado. En el ángulo inferior derecho Gyzis amontonó telas a rayas, rojas y doradas, un caldero de cobre, platos de estaño y un fez rojo, y el museo explica ese montón por el deseo de mostrar las texturas, del brillo del cobre a la seda.
10. He aquí que viene el Esposo — Nikolaos Gyzis

«He aquí que el Esposo viene a medianoche» se canta en las iglesias ortodoxas en los primeros días de la Semana Santa, y las palabras proceden de la parábola evangélica de las diez vírgenes. Con este tropario tituló Gyzis el último gran cuadro que pintó en Múnich, entre 1899 y 1900. Su tema, según el museo, es la Segunda Venida tal como la describe el Apocalipsis, y en una carta que cita el museo Gyzis dice que su Cristo es un dios dulcísimo que trae al mundo la luz, la salvación y el consuelo.
El lienzo es cuadrado, de dos metros de alto y otros tantos de ancho, y todo él está construido en torno a un eje vertical. Entre dos anchas franjas de un negro azulado se alza un campo rojo anaranjado, y en su centro está sentado en un trono un Cristo pequeño, casi blanco, con nimbo dorado. A su alrededor, nubes rojas y naranjas se abren en arcos, como una bóveda, encima de él flota una figura alada con los brazos en alto, a los lados hay ángeles, y dos de ellos llevan trompetas que se ven con claridad. Desde abajo sube hacia el trono una ancha escalera de azul pálido, surcada de finas líneas doradas. Los peldaños están vacíos, y a ambos lados se apiñan de rodillas unas figuras pequeñas con nimbos dorados. Muchas figuras solo están contorneadas sobre una capa fina de pintura, a través de la cual asoma el lienzo.
Gyzis concibió esta composición mucho antes, y ya en una carta de 1894 habla de un paraíso, el «He aquí que viene el Esposo», con la esperanza de tener fuerzas para pintarlo. En 1900 el cuadro se expuso en Múnich. Formaba parte de un gran ciclo religioso que Gyzis no llegó a terminar, y según el investigador Spyros Petritakis la zona inferior, con «La caída de Satanás», nunca llegó a pintarla. Gyzis murió en Múnich en enero de 1901. El mismo Petritakis escribe que en 1910, en Múnich, el filósofo Rudolf Steiner dedicó a este cuadro una conferencia entera.
11. En la terraza — Iakovos Rizos
En una terraza de mármol, un oficial está sentado de perfil en una silla oscura, con las piernas cruzadas. Lleva guerrera negra de cuello alto, pantalón azul con una ancha franja carmesí y botas altas con espuelas. Ha levantado la mano derecha con la palma abierta, a mitad de una frase, y en la izquierda, caída, sostiene un librito rojo, con un dedo metido entre las páginas. El museo lo describe como un apuesto oficial de caballería. En 2023 el crítico Christoforos Marinos analizó para la revista LiFO las insignias de su cuello, una granada en llamas y tres estrellas, y concluyó que se trata de un coronel de artillería. El cuadro se pintó en 1897, el año en que Grecia perdió en un mes la guerra contra Turquía, y Marinos ve en él una escena a la sombra de esa guerra, con un oficial que descansa entre damas en el año de la derrota.
A su lado hay dos mujeres jóvenes. Una, con blusa blanca de mangas abullonadas, se apoya con las dos manos en la balaustrada, y la otra, con vestido rosa, se recuesta en un sillón de madera curvada y pone los pies en un escabel. Marinos observa que sus caras se parecen mucho y no descarta que Rizos usara una sola modelo. A la derecha, sobre una mesita con incrustaciones de nácar, hay una jarra de vino rosado y tres copas, y a la izquierda, a lo lejos, por encima de los árboles, se alza la Acrópolis, rosada con la luz de la tarde. El museo escribe que es la terraza de una casa neoclásica de Plaka, el barrio antiguo al pie de la Acrópolis, mientras que Marinos cree que la vista es inventada.
Según Marinos, Rizos vivía en París desde 1875 y compuso la Atenas de este cuadro de memoria y con álbumes de fotografías. Había estudiado con Alexandre Cabanel y pintaba damas elegantes en salones y jardines. La firma, «Rizo 97», está abajo a la izquierda, en las baldosas del suelo. En la Exposición Universal de París de 1900 el cuadro obtuvo una medalla de plata, más tarde el pintor lo regaló a la galería, y en 2021 el Louvre lo puso en el cartel de su exposición «París-Atenas. El nacimiento de la Grecia moderna, 1675-1919».
12. El botín — Théodore Ralli

Théodore Ralli pintó este tema por primera vez en 1885, y en aquel cuadro, que está en una colección privada, la cautiva griega aparece sumisa entre soldados turcos y objetos saqueados. Para el Salón de París de 1906 volvió a pintar la escena y quitó a los soldados. La muchacha está sola en una iglesia ortodoxa saqueada, descalza, con la blusa desgarrada hasta la cintura y las manos atadas a la espalda, y mira de frente al espectador, con el ceño fruncido y la boca entreabierta. Lleva en la cabeza un pañuelo blanco con una hilera de monedas de oro, una trenza le cae sobre el hombro y una ancha faja roja le ciñe la cintura.
Ralli nació en 1852 en Constantinopla, en una familia de comerciantes originaria de Quíos, trabajó poco tiempo en la empresa familiar en Londres y después se fue a París, donde estudió con Jean-Léon Gérôme. Desde 1875 expuso en todos los Salones, hasta 1904 pasaba los inviernos en El Cairo, pintaba harenes, cautivas e iglesias griegas, y vendía Oriente al público parisino. Murió en 1909 en Lausana. En el catálogo del Salón, «El botín» iba acompañado de unos versos franceses sobre una griega encadenada que, entre los trofeos, no derrama una lágrima, desafía al vencedor turco y vengará a sus hermanos. El cuadro pertenece a la fundación del empresario y coleccionista Evripidis Koutlidis, cuya colección la galería expone junto con la suya en virtud de un acuerdo a largo plazo.
En el suelo de la iglesia se amontonan los objetos de culto, cálices de plata y de plata dorada, candeleros, una lámpara de aceite, y atravesado sobre el escalón del altar yace un candelabro dorado volcado. Del techo cuelgan tres cadenas vacías, y Christoforos Marinos observa que de ellas colgaban lámparas. Bajo un icono de san Juan Bautista hay apoyada una cubierta de icono de plata repujada, con un hueco vacío en el lugar de la cara. Abajo a la derecha hay un libro abierto de canto rojo, y a su lado, en el suelo, una vela blanca de cuya punta humeante sube un hilo de humo.

13. Concierto infantil — Georgios Iakovidis
Cuatro chicos descalzos han montado una orquesta en una habitación campesina. Uno está sentado a horcajadas en una silla, de espaldas a nosotros, con un palillo de tambor, otro, pelirrojo, echado hacia atrás, sopla una trompeta de latón, el pequeño que está detrás de él se pone las manos en la boca a modo de bocina, y el cuarto, harapiento, está de pie a un lado y sopla por el largo pitorro de una regadera de cobre, porque, según escribe el museo, no le tocó ningún instrumento de verdad. Los escuchan una madre joven que sujeta en un banco a una niña pequeña vestida de rojo, que tiende los dos brazos hacia los músicos, y una hermana mayor de pelo rubio sentada a la mesa. El museo dice que la habitación es la de una casa de aldea bávara.
La luz entra por dos lados, por una ventana a la izquierda rodeada de verde y por otra ventana profunda en el centro, y toda la habitación está bañada de naranja, con sombras azules. La camisa blanca del chico del tambor brilla como si la luz la atravesara. El museo considera este cuadro uno de los más audaces de Iakovidis y escribe que aquí se acercó al impresionismo. El pintor trató este tema dos veces. Una versión anterior, más fría, se expuso en la década de 1890, entre otros lugares en Atenas en 1896, y en ella, a juzgar por las descripciones, escuchaba a los niños una abuela que se tapaba los oídos. La versión luminosa la pintó para la Exposición Universal de París de 1900, donde obtuvo una medalla de oro.
Iakovidis nació en 1853 en Lesbos, estudió en Atenas con Nikiforos Lytras, desde 1877 en la Academia de Múnich, y vivió en Múnich más de 20 años. En 1900, el año de la medalla de París, el gobierno griego lo llamó para que organizara la Galería Nacional, recién creada. Su cargo era el de éforo, es decir, conservador, y el 28 de julio de 1900 el Instituto Politécnico y la Universidad de Atenas le entregaron las 258 obras con las que empezó la galería. Firmó el cuadro abajo a la derecha, sobre las tablas del suelo, en mayúsculas griegas, «Γ. ΙΑΚΩΒΙΔΗΣ» y el año, pero trazó la primera letra del apellido de modo que parece una J latina. En Múnich firmaba Jakobides.
14. Delfos — Konstantinos Maleas
Maleas pintó «Delfos» entre 1922 y 1923, y mira las montañas, el valle y el agua desde lo alto. A la izquierda baja en diagonal una ladera de un gris azulado y lila, con hondonadas oscuras de un verde azulado, el fondo del valle lo ocupa una gran mancha de verde oscuro, y a través de ella sube serpenteando desde el ángulo inferior izquierdo una línea fina y clara, un camino o el cauce de un río. Más arriba hay dos franjas de agua de azul pálido, y detrás de ellas montañas de color arena y rosa, iluminadas de frente, casi sin sombras. Lo más claro del cuadro son las montañas lejanas, mientras que las laderas cercanas y el valle son fríos, grises y verde oscuro. La pintura está aplicada en capa fina y seca, a través de ella se ve la trama del lienzo, y las formas se simplifican en manchas planas de bordes suaves. La firma, «Κ ΜΑΛΕΑΣ», está abajo a la izquierda, en letras de un rojo herrumbre.
Konstantinos Maleas se formó primero como arquitecto en Constantinopla, donde había nacido en 1879, y estudió pintura en París entre 1901 y 1908, en la Escuela de Artes Decorativas y con el neoimpresionista Henri Martin. De 1913 a 1917 trabajó como ingeniero municipal en Salónica, y muchos de sus cuadros ardieron allí en el incendio de 1917. Ese mismo año fue uno de los fundadores del grupo «Arte», que reunió Nikos Lytras para hacer frente juntos a la pintura académica.
La galería sitúa a Maleas junto al pintor Konstantinos Parthenis entre los fundadores del modernismo griego. Fue de los primeros en pintar el paisaje griego con planos de color puro, sin el claroscuro pardo de Múnich, y en 1923 recibió un premio de literatura y arte. En 1919 el grupo «Arte» organizó una exposición en París, que inauguró el primer ministro griego Eleftherios Venizelos, y en ella Maleas y Parthenis expusieron unos 30 cuadros cada uno.
15. El sombrero de paja — Nikos Lytras

Al describir este cuadro, el museo habla de una niña morena por el sol y aclara enseguida que se trata de una niña. La criatura, de pelo corto y oscuro y con un mechón sobre la frente, mira al espectador tranquila y sin sonreír, y su cara podría pasar por la de un chico. Está oscura por el sol y dividida por la línea de la nariz, con una mitad en una sombra de pardo oscuro y la otra en una luz cálida y anaranjada. Un sombrero ancho de paja de tonos oliva y amarillo verdoso le rodea la cabeza como un disco, y la niña lleva una camisa holgada de un azul grisáceo, con un escote hondo y un lacito lila.
Lytras reunió abajo los colores fríos y arriba los cálidos. El azul grisáceo y el lila pasan de la camisa a la pared encalada que hay detrás, más arriba se extiende una ancha franja de hierba seca, dorada y naranja, cuyo amarillo se prolonga en la paja del sombrero, y la parte alta del cuadro la tapan los cubos blancos de las casas de la isla. El museo habla de un horizonte cerrado, porque Lytras no dejó ver ni el cielo ni el mar. La pintura es espesa, las pinceladas anchas, y en ellas se ve en qué dirección y a qué velocidad iba el pincel. El museo define el cuadro como un ideograma del verano griego en una isla del Egeo y escribe que quizá sea Tinos, de donde procedía la familia del pintor.
Nikos Lytras, hijo de Nikiforos Lytras, el autor del retrato de la señora Serpieri, nació en Atenas en 1883 y estudió en la Escuela de Artes con su padre y con Georgios Iakovidis. Desde 1907, como su padre en su día, estudió en la Academia de Múnich, aunque allí se encontró ya con el expresionismo alemán y con los pintores de El Jinete Azul. Combatió en las guerras balcánicas de 1912 y 1913, en 1917 fue el impulsor del grupo «Arte», y en 1923 lo eligieron profesor de pintura de la Escuela de Bellas Artes, una elección en la que se impuso a Parthenis. «El sombrero de paja» lo pintó hacia 1925. Nikos Lytras murió en diciembre de 1927, a los 44 años.

Qué más ver
De Nikiforos Lytras vale la pena ver «El lamento de Psará» (1888), de Vryzakis «La recepción de Lord Byron en Missolonghi» (1861), y de Gyzis, además de las escenas griegas, sus alegorías muniquesas «El arte y sus espíritus» y «Sinfonía de primavera». Anteriores a los pintores de Múnich, la colección tiene iconos posbizantinos, entre ellos la «Crucifixión» de Andreas Pavias, pintada en la segunda mitad del siglo XV. El siglo XX está representado por la «Apoteosis de Athanasios Diakos» de Konstantinos Parthenis (1930–1933) y «El taller» de Nikos Hadjikyriakos-Ghika (1960). El «Molino de Stammer con casa de verano» de Piet Mondrian lo robaron de la galería en 2012, junto con la «Cabeza de mujer» de Picasso, y en 2021 apareció en un barranco cerca de Keratea.

















































