El Museo Nacional de Arte de Rumanía ocupa el antiguo palacio real, en el centro de Bucarest. Los reyes vivieron aquí hasta finales de 1947, y un año después el palacio se convirtió en museo de arte. En diciembre de 1989 el edificio quedó bajo el fuego, y en su fachada siguen las huellas de las balas.
Las obras que guarda llegaron a este palacio por caminos muy distintos. A unas las arrancaron de los muros de las iglesias, a otras las compró el rey, otras llegaron por testamento y otras se salvaron después de un terremoto o de una revolución. Hemos elegido estas quince porque en cada una se puede señalar el momento en que su suerte cambió.
Empezamos con un epitafio bordado en 1437 y terminamos con un iconostasio que en 1977, después del terremoto, sacaron de la iglesia de un monasterio.
01. De la iglesia al museo
1. Epitafio del abad Siluan, monasterio de Neamț, 1437
El Viernes Santo los ortodoxos sacan del altar el epitafio, un paño bordado con la imagen de Cristo en el sepulcro, y lo colocan sobre una mesa en medio del templo. Este epitafio lo regaló al monasterio moldavo de Neamț su abad, Siluan, en 1437. El nombre del donante está bordado en la inscripción que recorre toda la orla. La cartela del museo lo llama Silvan, mientras que los estudiosos escriben Siluan.
Lo bordaron los monjes de Neamț en el taller del propio monasterio. Copiaban el epitafio que en 1428 había encargado el metropolitano de Moldavia Macarie y que muy probablemente se bordó en Constantinopla. En 1686 los soldados del rey polaco Juan III Sobieski se llevaron aquel epitafio a Polonia. Se guardó en un museo de Lviv y desapareció durante la Segunda Guerra Mundial. El de Siluan sigue siendo el más antiguo de los epitafios moldavos fechados que se conservan.
Cristo yace a lo ancho de todo el paño sobre una losa roja, la llamada piedra de Éfeso, con los ojos cerrados y los brazos cruzados. Junto a su cabeza se inclina la Virgen, tan baja que su rostro casi roza el de él. A sus pies hay una mujer con las dos manos levantadas hacia la cabeza: es María Magdalena, que se arranca los cabellos. En ese lugar solía aparecer el apóstol Juan, pero el taller de Neamț colocó allí a una de las santas mujeres que fueron al sepulcro con los perfumes. Sobre el cuerpo, dos ángeles sostienen ripidios, abanicos litúrgicos en forma de estrella montados en un asta. Otros tres ángeles se inclinan abajo, y el del centro apoya la mejilla en la mano. Los contornos principales están perfilados con perlas menudas, sobre el fondo oscuro se reparten rosetas con cruces, y en las esquinas están bordados los símbolos de los cuatro evangelistas.
El epitafio es más largo que la estatura de una persona, porque Cristo está bordado de cuerpo entero y el paño se extendía completo sobre la mesa. Los investigadores no han encontrado documentos sobre cómo salió de Neamț y llegó a Bucarest. En 2024, unos químicos que estudiaban sus tintes hallaron ácido carmínico en los hilos rojos. La cochinilla americana llegó a Europa después de 1437, así que el rojo procede de cochinilla armenia o polaca.
2. Caftán, Valaquia, terciopelo italiano, hacia 1480–1490
Hacia 1490 los hermanos Craiovești, boyardos de Oltenia, la parte occidental de Valaquia, fundaron el monasterio de Bistrița y le regalaron un caftán lujoso. Según el museo, una prenda así costaba tanto como una finca de varias decenas de hectáreas. La nobleza de la época solía entregar a la iglesia sus trajes de ceremonia, y con ellos se hacían ornamentos y paños litúrgicos. También este caftán lo descosieron, y con los trozos hicieron una cubierta para una tumba, por eso en los inventarios del museo figuraba como paño funerario. Al examinarlo, los restauradores vieron que las piezas estaban cortadas para un caftán, y el museo lo reconstruyó como prenda de vestir.
La tela se tejió en Italia, quizá en Milán. Sobre el terciopelo carmesí oscuro corren grandes medallones dorados enmarcados por lóbulos que parecen nubes, y el dibujo se tejió a la vez que el terciopelo, de modo que los bucles de oro sobresalen en relieve por encima del pelo. Siete franjas verdes transversales cierran el pecho, y cada una se sujeta con un racimo de botoncitos dorados. En las mangas y en los costados las costuras parten los medallones por la mitad, porque la tela se cortó a la medida del cuerpo.
3. «Princesa Roxanda» — Dobromir de Târgoviște, no después de 1526
Del gran retrato de los fundadores solo queda Roxanda. Sostiene una maqueta blanca de la iglesia, y el borde izquierdo desgarrado del fresco atraviesa el edificio, porque su marido, Radu, que sujetaba la maqueta por el otro lado, se perdió con esa parte del muro. Lleva una alta corona de oro con rubíes, zafiros y perlas, con largos colgantes junto a las mejillas, un vestido rojo de pliegue menudo y un manto de brocado de oro con dibujo negro.


Roxanda era hija del príncipe de Valaquia Neagoe Basarab, que construyó la iglesia del monasterio de Curtea de Argeș. La decoración pintada, empezada en tiempos de su padre, se terminó en 1526 bajo su marido, el príncipe Radu de la Afumați, y el pintor Dobromir de Târgoviște retrató a los esposos juntos en el muro occidental, como fundadores que sostienen la maqueta del templo.
El fresco quedó cortado durante una restauración. Las autoridades rumanas invitaron al arquitecto francés André Lecomte du Noüy a restaurar la iglesia, y las obras duraron de 1875 a 1886. Las autoridades querían sustituir la pintura antigua por otra nueva al óleo, y en 1882 Lecomte du Noüy mandó arrancar de los muros 35 fragmentos de fresco, ya ennegrecidos por el hollín de las velas. Según los distintos cálculos, se salvó entre una vigésima y una décima parte de la decoración original. Los fragmentos se enviaron al Museo de Antigüedades de Bucarest, y la mayoría pasó más tarde al museo de arte.
Desde 1888 varios arquitectos rumanos jóvenes, entre ellos Ion Mincu, acusaron a Lecomte du Noüy de haber destruido el patrimonio nacional. La investigación oficial no castigó a nadie, aunque aquella polémica fue una de las razones por las que en 1892 se creó en Rumanía la Comisión de Monumentos Históricos. De los 35 fragmentos, 29 están en el Museo Nacional de Arte, dos en el Museo Nacional de Historia de Rumanía y cuatro en la Archidiócesis de Argeș.
4. Autorretrato — Pârvu Mutu, fragmento de la pintura mural de la iglesia de Bordești, 1699
En 1699 Pârvu Mutu pintaba la iglesia del pequeño monasterio de Bordești, cerca de la frontera de entonces entre Valaquia y Moldavia, y se retrató a sí mismo en uno de sus muros. La iglesia la había construido el boyardo Mănăilă, oficial del príncipe Constantin Brâncoveanu y cercano a la familia Cantacuzino, y Mutu era el pintor favorito de los Cantacuzino. Aparece de pie, con un largo caftán rosa lila de botones menudos y un manto verde oliva. En la mano derecha, levantada, tiene un pincel, y en la izquierda, a la altura de la cintura, un pequeño recipiente redondo para los colores que las descripciones llaman concha. Detrás de su hombro está su aprendiz Radu, con un sencillo traje gris azulado, que aprieta contra el pecho una llana clara y puntiaguda de las que servían para alisar el enlucido.
Mutu va vestido como un laico, con traje de boyardo. En la tradición posbizantina los pintores de iglesias permanecieron mucho tiempo en el anonimato, y autorretratos como este aparecen a finales del siglo XVII, cuando los gremios se fortalecieron y el oficio empezó a dar al maestro una posición social. Hay autorretratos de Mutu en otras iglesias, y este se considera el más logrado.
El caftán, el fondo ocre y el traje del aprendiz están cubiertos de letras y signos rayados. A partir de 1911 la iglesia quedó abandonada y abierta, y los visitantes arañaban las paredes. A mediados del siglo XX, un equipo enviado por el Ministerio de Cultura arrancó el autorretrato del muro junto con el fresco de «La Dormición de la Virgen» de la misma iglesia, y los dos frescos llegaron al museo. Mutu pintó también los retratos de los fundadores en la iglesia del monasterio de Cotroceni, a la que volveremos al final.
Más tarde Mutu tomó los hábitos con el nombre de Pafnutie, y en 2017 la Iglesia ortodoxa rumana lo proclamó santo.
02. La galería del rey

Las cuatro primeras obras llegaron aquí desde iglesias y monasterios. A finales del siglo XIX la colección gana otra fuente, cuando Carol I empieza a comprar para su palacio cuadros de los maestros antiguos europeos.
5. «Venus y el Amor» — Lucas Cranach el Viejo o un seguidor suyo, década de 1520
Hasta finales del siglo XX esta Venus tenía otro aspecto. Alguien había pintado sobre su cuerpo un denso paño azul oscuro que le tapaba el hombro, la cintura y la cadera. En esa pintura apareció azul de Prusia, un pigmento que empezó a fabricarse hacia 1710, así que la tela no podía formar parte del cuadro original. Tapada de ese modo, Venus llegó a imprimirse incluso en un sello rumano de 1967. Entre 1995 y 1999 el restaurador del museo Ioan Sfrijan retiró el paño.
Ahora Venus vuelve a estar desnuda ante una cortina de terciopelo rojo oscuro, con la cabeza descubierta, un collar con una pequeña cruz y una pesada cadena de oro. El velo transparente que sujeta a la altura del vientre, el pintor lo indicó solo con finas líneas blancas. El Amor, que le llega a la cadera, sostiene un alto arco rojo y apoya el pie en su extremo inferior, como se hace al tensar la cuerda, mientras lleva la mano derecha a la espalda. En esa mano tiene una flecha, cuyas plumas se ven junto al borde izquierdo de la tabla, y Venus no ve esa flecha.
El cuadro lo compró Carol I, un príncipe alemán de la casa de Hohenzollern que gobernó Rumanía primero como príncipe y después como rey. En 1879 se lo compró al cónsul y coleccionista alemán Felix Bamberg, dentro del primer lote de cuadros para la galería que reunía para un país que aún no tenía colecciones propias de maestros antiguos. En su testamento dejó la galería, más de doscientos cuadros, a la Corona de Rumanía, y el Estado rumano sostiene que con la Corona se refería al propio Estado. En 1948 las colecciones reales se nacionalizaron y pasaron al nuevo museo.
El museo considera el cuadro obra de Lucas Cranach el Viejo, de 1520. El archivo digital de Cranach (Cranach Digital Archive) lo atribuye a un seguidor del maestro y, sobre la marca de Cranach, la serpiente sin alas en una piedra abajo a la izquierda, concluye que lo más probable es que no sea auténtica.


6. «Amán ante Ester» — Rembrandt y taller, hacia 1635 y década de 1660
Según el libro bíblico de Ester, Amán, consejero del rey, consiguió un decreto para exterminar a los judíos. La reina Ester, que también era judía, se lo reveló al rey, y Amán se echó a sus pies para suplicarle clemencia. Ester está sentada a la izquierda, con una alta corona de perlas y un vestido dorado pintado con pinceladas espesas y quebradas, y mira hacia abajo, más allá de Amán. Amán está de rodillas abajo a la derecha, vestido de rojo, con la cabeza inclinada sobre las manos juntas. El rey, con turbante, se inclina desde la sombra detrás de Ester y mira a Amán, y lo único que une a los tres es su cetro de oro, tendido sobre la mesa oscura.
Este cuadro tiene una particularidad importante: lo que vemos son, en el fondo, dos capas de pintura de décadas distintas. Su autoría se discute desde los años sesenta. Las radiografías revelaron bajo la superficie actual una capa anterior, de hacia 1635, en la que la composición ya existía, aunque el rostro de Ester estaba más a la derecha. En la década de 1660 el cuadro se repintó casi por completo, probablemente en el taller de Rembrandt. Por eso el museo lo presenta como «Rembrandt y taller», y el RKD, el instituto neerlandés de historia del arte, también deja abierta la posibilidad de que interviniera el propio Rembrandt.
En 1898 el cuadro ya era de Carol, y ese año lo enviaron a la exposición de Rembrandt de Ámsterdam desde Sinaia, donde se encuentra su residencia de verano, el castillo de Peleș.

Después de diciembre de 1989, el director del Rijksmuseum de Ámsterdam, Henk van Os, viajó a Bucarest y se llevó a los Países Bajos, para restaurarlas, dos tablas del siglo XVI atravesadas por balas, y con ellas también este lienzo, que no figura entre las obras alcanzadas por los disparos. Se restauró entre 1990 y 1991 en el Rijksmuseum y en el taller de restauración SRAL de Maastricht.
7. «La adoración de los pastores» — El Greco, 1596–1600
El único encargo que El Greco recibió en Madrid fue el retablo mayor de la iglesia de un seminario, el conocido como Colegio de doña María de Aragón por el nombre de su fundadora, dama de la reina. El contrato se firmó en 1596, doña María murió antes de que se terminara la obra y el encargo pasó al Consejo de Castilla. El retablo se colocó en 1600. Según la reconstrucción aceptada, tenía dos cuerpos con tres cuadros cada uno, y «La adoración de los pastores» ocupaba el cuerpo inferior, a la izquierda. Por eso el lienzo mide casi dos veces la estatura de una persona y es estrecho, como una calle del retablo.
En la mitad inferior es de noche, y la luz sale del Niño, tendido sobre un paño blanco, así que los rostros que lo rodean están iluminados desde abajo. María, con vestido carmesí y un velo blanco en la cabeza, levanta el paño con las dos manos para mostrar al Niño a los pastores. Delante de ella yace un cordero blanco con las patas atadas, señal del sacrificio futuro, y en primer plano, medio de espaldas, está arrodillado un pastor con una chaqueta de un verde ácido, y junto al mismo borde del cuadro se ve la planta de su pie, descalzo y sucio. Arriba, dos grandes ángeles sostienen una cinta con las palabras «Gloria a Dios en las alturas», y entre ellos dan volteretas unos putti desnudos.
Tras el cierre del colegio bajo José Bonaparte, en 1808–1809 el retablo se desmontó. En el siglo XIX el cuadro pasó por la Galería Española de Luis Felipe en París, después por una subasta en Londres y por varias colecciones privadas, hasta llegar a Felix Bamberg, a quien se lo compró Carol I. Los otros cinco lienzos del retablo están en el Prado, y en 2000 el Prado reunió los seis gracias al préstamo temporal del lienzo de Bucarest.
Carol I tuvo varios cuadros de El Greco, y de ellos quedan tres en Bucarest: este, «Los desposorios de la Virgen» y «San Mauricio». La disputa sobre el destino de la antigua colección real sigue abierta, y en 2025 Christie's retiró de subasta otro Greco de esa colección tras una reclamación del Gobierno rumano.

03. Pintores rumanos

Carol reunía para Bucarest a los maestros antiguos europeos. Mientras tanto, los artistas rumanos pintaban la revolución, la vida moderna de la ciudad, el paisaje y a personas que hasta entonces apenas habían aparecido en la pintura nacional.
8. «Rumanía revolucionaria» — Constantin Daniel Rosenthal, 1850
En septiembre de 1848, cuando los turcos aplastaron la revolución en Valaquia y detuvieron a sus líderes, Maria Rosetti, esposa de uno de ellos, el periodista Constantin A. Rosetti, se disfrazó de campesina para seguir a los prisioneros y conseguir su liberación. De soltera Mary Grant, había nacido en la isla de Guernsey, hija de un escocés y una francesa. En 1850, en París, donde se habían reunido los exiliados, la pintó Constantin Daniel Rosenthal, amigo de Rosetti desde sus años de estudiante en Viena. Judío nacido en Pest, Rosenthal había recibido en 1848 la ciudadanía valaca por su participación en la revolución.
El lienzo es ovalado y la joven lo llena casi por completo. Lleva una blusa campesina blanca de la región de Muscel, con hileras de bordados rojos y lentejuelas en las mangas, y un collar de varias vueltas de monedas de oro. Ha girado bruscamente la cabeza hacia la derecha y mira hacia arriba, más allá del borde del cuadro. Con el puño cerrado aprieta contra el hombro el asta de una bandera, cuyo extremo astillado y roto asoma abajo a la izquierda. Los paños azul, amarillo y rojo están arrugados y recogidos junto a su hombro. Con la otra mano sostiene un puñal con la punta hacia abajo, y a lo lejos, a la derecha, entre el humo, se ve una escaramuza de jinetes.

A principios de julio de 1851 Rosenthal viajó a Transilvania con papeles de propaganda de Rosetti. Las autoridades francesas interceptaron sus cartas y avisaron a Viena, y lo detuvieron en Pest. Murió en la cárcel en la noche del 22 al 23 de julio. Las autoridades austriacas anunciaron que se había ahorcado en su celda, mientras que en Rumanía se ha conservado la tradición de que murió torturado en los interrogatorios porque no delató a sus compañeros.
C. A. Rosetti guardó el cuadro en su casa y murió el 8 de abril de 1885. En su testamento escribió que en vida no había tenido fuerzas para separarse de esos «iconos», y encargó a su mujer y a sus hijos que entregaran al museo nacional en nombre de Rosenthal, como este había querido, sus dos cuadros históricos: este y «Rumanía rompiendo sus cadenas en el Campo de la Libertad».
9. «Judío con ganso» — Nicolae Grigorescu, 1880
La Constitución rumana de 1866 solo permitía naturalizarse a los cristianos. El Congreso de Berlín de 1878 condicionó el reconocimiento de la independencia de Rumanía a que se eliminara ese requisito, y en octubre de 1879 se revisó el artículo. La prohibición religiosa desapareció, aunque la ciudadanía se seguía concediendo de una en una. Cada aspirante presentaba una solicitud, y el Parlamento votaba cada caso por separado.
En la primavera de 1880 Nicolae Grigorescu, que entonces vivía en Francia, expuso este cuadro en el Salón de París. Más tarde el propio pintor lo llamaba «Un ciudadano rumano en perspectiva». Un hombre con gorro redondo de piel y barba oscura sonríe al espectador de oreja a oreja. Bajo el brazo derecho sujeta un ganso blanco vivo, con los dedos hundidos en las plumas, y con la mano izquierda saca de dentro de la ropa un papel doblado con un timbre fiscal en la esquina. El escritor Alexandru Vlahuță, autor de un libro sobre Grigorescu, leyó el comienzo de la solicitud: «Señor presidente, señores diputados…».

En 1887 Grigorescu organizó en Bucarest, en el palacio de la Eforia, una gran exposición, y este fue el cuadro que se vendió más caro. Lo compró por 8000 lei Gheorghe Grigore Cantacuzino, al que por su riqueza llamaban el Nabab.
Los críticos discuten de quién se burla aquí Grigorescu. Vlahuță describió al personaje en términos abiertamente antisemitas y vio en el ganso un regalo para algún funcionario. Los investigadores posteriores desplazan cada vez más el blanco de la sátira hacia el propio procedimiento de naturalización: el Estado había abolido la prohibición religiosa, y aun así obligaba al Parlamento a votar por separado la ciudadanía de cada persona. Leído así, el ganso forma parte de una broma sobre el sistema.
10. «La hija del guardabosques» — Nicolae Tonitza, hacia 1925
La niña del cuadro casi no tiene blanco en los ojos: dos discos oscuros, casi negros, muy separados, miran directamente al espectador y no reflejan nada. La mirada parece vuelta hacia dentro, y por esos ojos se reconocen al instante los retratos infantiles de Nicolae Tonitza. Lleva una cofia blanca y un vestido rojo vivo de hombros abullonados con un ancho cuello blanco plisado, y los rizos castaño oscuro le caen casi hasta la cintura. Todo el fondo lo ocupa un follaje verde azulado oscuro, pintado con pinceladas largas y afiladas sobre una luz de un amarillo ácido. Tonitza enlaza el rojo y el verde con ocre, blanco y marrón.
El nombre de la modelo no se ha conservado. En 1924 Tonitza expuso en la Bienal de Venecia, y en 1926 inauguró junto con los pintores Francisc Șirato y Ștefan Dimitrescu y el escultor Oscar Han la primera exposición del «Grupo de los Cuatro». La crítica rumana le dio el apodo de «pintor de los niños».
Probablemente es el cuadro rumano del siglo XX más reproducido, y el propio museo lo cuenta entre sus obras principales. En 2023 el Estado lo incluyó en el Tesoro, la categoría más alta del patrimonio cultural nacional.
11. «La Quimera de la Tierra» — Dimitrie Paciurea, 1927–1928
«La Quimera de la Tierra» cabe sobre una mesa. La cabeza de mujer está echada hacia atrás, el rostro liso, de párpados pesados y caídos, parece una máscara, y el cuello, largo y grueso, ocupa casi la mitad de la figura. Por delante el cuerpo se apoya en unas cortas patas de león, y por detrás parece hundirse en un montículo de piedra y fundirse con él. De debajo sale una fina cola de serpiente que rodea el zócalo. El bronce es oscuro, el rostro, la frente y el cuello están pulidos hasta brillar, y el pelo de la nuca se dejó áspero.
Es una de las quimeras que Dimitrie Paciurea hizo en la segunda mitad de los años veinte. Por «La Quimera del Aire», una figura de tamaño natural, recibió en 1927 el Premio Nacional de Escultura. Desde 1909 enseñaba escultura en la Escuela de Bellas Artes de Bucarest, donde fueron alumnos suyos Cornel Medrea, Ion Jalea y Oscar Han, y trabajaba en un taller en el patio del museo del pintor Theodor Aman, del que era conservador. Las quimeras desconcertaron al público, porque para entonces el simbolismo del siglo XIX ya cedía el paso a la vanguardia radical.
Se sabe poco de cómo llegó este bronce al museo. La cartela dice «Procedencia: compra», y la fecha de fundición no se ha publicado. «La Quimera del Aire» del mismo museo se fundió en 1967, 35 años después de la muerte del escultor.
Paciurea murió de cáncer el 14 de julio de 1932. El diario bucarestino «Dimineața» escribió que había muerto pobre y que sus amigos reunieron el dinero para el entierro.

12. «La oración» — Constantin Brâncuși, 1907
El contrato que Constantin Brâncuși firmó en París el 18 de abril de 1907 encargaba una mujer llorando. La clienta, Eliza Stănescu, de la ciudad de Buzău, había enviudado en octubre de 1905, unos cinco meses después de la boda, al morir su marido, el abogado y diputado Petre Stănescu. Para su tumba encargó una base de piedra, una figura alegórica y un busto del difunto por 7500 lei. Brâncuși tenía 31 años, y esa misma primavera había dejado el taller de Rodin después de trabajar allí alrededor de un mes.
Primero hizo lo que le pedían, una mujer envuelta en paños, inclinada de dolor sobre la lápida, con el pelo suelto, y esa figura se conoce por una fotografía. Después la destruyó y empezó de nuevo. En el bronce, fundido en 1910, la mujer está desnuda y arrodillada, con todo el cuerpo inclinado hacia delante desde las rodillas en una sola diagonal larga y la cabeza muy baja sobre el pecho. El brazo derecho está doblado, con el puño apretado contra el pecho, y el izquierdo lo cortó el propio Brâncuși por encima del codo, siguiendo el ejemplo de Rodin. Todavía no pulía la superficie como haría más adelante, y en el bronce oscuro quedaron las huellas del modelado, en las que la luz se rompe en pequeños destellos.

En 1910 «La oración» se expuso en el Salón de los Independientes de París, y en 1914 Brâncuși viajó en persona a Buzău, talló allí mismo la base de piedra y levantó el monumento en el cementerio de Dumbrava. El pintor Ștefan Popescu, que había sido quien aconsejó a la viuda acudir a Brâncuși, escribió que en la entrega hubo un escándalo, aunque el monumento se colocó.
El museo compró «La oración» a la familia Stănescu en 1958 por 70 000 lei, un año después de que el Estado confiscara otra obra de Brâncuși, «La sabiduría de la Tierra». En la tumba se puso una copia, y el busto de Petre Stănescu también está en el museo. La copia fue robada en 1996, apareció en 1998 y volvieron a robarla en 2005. Desde junio de 2014 hay en la tumba una nueva copia en bronce, fundida con un molde tomado del original del museo y pagada por el Rotary Club de Buzău y por donantes particulares.
13. «Rocas y abedules» — Ion Andreescu, sin fecha
La mitad superior del lienzo la ocupa un cielo azul pálido y uniforme, sin una sola nube, pintado con pincel seco, de modo que el color se prende a la trama de la tela. A la derecha hay un grupo de abedules, cada tronco hecho con una sola pincelada blanca y espesa con motas oscuras de corteza, y uno delgado cae en diagonal hacia el centro. En medio se levanta un enebro estrecho y oscuro, a la izquierda un árbol de follaje rojizo y ralo, y en primer plano, entre helechos rojizos, hay dos grandes rocas de un blanco grisáceo con manchas lilas y verde pálido de líquenes. Abajo a la derecha, al pie de una roca, está la firma «Andreescu» en pintura de un rojo parduzco.
No se sabe con exactitud cuándo se pintó: unos lo sitúan en los años de Buzău y otros en la etapa francesa, y la manera recuerda las lecciones de Fontainebleau. De 1872 a 1878 Andreescu enseñó dibujo y caligrafía en Buzău y pintaba paisajes como autodidacta. A finales de 1878 se fue becado a París, estudió en la Academia Julian y después trabajó en Barbizon, junto al bosque de Fontainebleau, al lado de Grigorescu. Grigorescu pintó entonces su retrato, «Andreescu en Barbizon», que también está en el museo.
En 1881 su «Invierno en Barbizon» se expuso en el Salón de París. En 1882 se celebró en Bucarest su única exposición individual en vida, con unos 60 cuadros, y el 22 de octubre de ese mismo año murió de tuberculosis a los 32 años. En Rumanía se le sitúa junto a Grigorescu y Luchian entre los fundadores de la pintura rumana moderna. En 2020 el museo expuso sus «Álamos en las afueras del pueblo» entre los 47 cuadros atravesados por balas en diciembre de 1989 y recuperados por los restauradores del museo.

04. El palacio bajo el fuego

Las dos últimas obras nos devuelven al propio edificio del museo. En diciembre de 1989 el antiguo palacio real, que hasta entonces guardaba la colección, quedó él mismo en medio de los acontecimientos.
14. «Safta la Florista» — Ștefan Luchian, hacia 1900
En la tarde del 22 de diciembre de 1989 empezó un tiroteo en la plaza que separa el antiguo edificio del Comité Central y el palacio donde estaba el museo. Esa noche ardió el taller de restauración de pintura de caballete del museo, mientras empleados y voluntarios, entre ellos la historiadora del arte Dorana Coșoveanu y Miriam Țarălungă, de dieciocho años, escondían los cuadros en las escaleras interiores. Más tarde el museo contó 30 cuadros perdidos, 17 europeos y 13 rumanos.
«Safta la Florista», de Ștefan Luchian, colgaba en la exposición permanente y recibió dos balas, las dos por delante. Una atravesó el pecho de la mujer junto a la clavícula, y la otra dejó un gran agujero desgarrado en la chaqueta oscura, sobre el corazón. Luchian pintó a Safta, a la que el registro estatal de monumentos llama joven gitana, hacia 1900, antes de la enfermedad que más tarde lo paralizó. Lleva un pañuelo rojo oscuro calado hasta la frente, una chaqueta oscura que le resbala de un hombro y una camisa blanca muy escotada, pintada con una pincelada espesa y en relieve, y desvía los ojos hacia la derecha, más allá del espectador. Detrás tiene un cálido fondo ocre, aplicado a pinceladas desgarradas, como un enlucido.

Los trabajadores del museo recordaron que se disparó a propósito contra algunas figuras femeninas, y en los documentos de la fiscalía hay también testimonios de disparos al azar. Ya no es posible saber cómo fue en realidad.
La restauración de los cuadros baleados empezó en el taller del museo en enero de 1990. En 2020, la restauradora y comisaria Sorina Gheorghiță y el jefe del taller, Ioan Sfrijan, eligieron «Safta» para el cartel de la exposición «Laboratorio II. 1989», dedicada a la restauración de los cuadros alcanzados por las balas: en el cartel aparecen el rostro y el pecho ya restaurados y, en dos recuadros, los agujeros de bala.
15. Iconostasio de la iglesia del monasterio de Cotroceni, 1682
Después del terremoto del 4 de marzo de 1977, los empleados del museo sacaron de la iglesia del monasterio de Cotroceni el iconostasio y otros objetos del templo, en su mayoría donaciones del fundador del monasterio. Siete años después, en 1984, la iglesia fue demolida por orden de Ceaușescu para que el palacio de Cotroceni se convirtiera en residencia. El iconostasio ya no estaba dentro.
El iconostasio lo encargó el príncipe de Valaquia Șerban Cantacuzino para la iglesia del monasterio de Cotroceni, que él mismo había fundado y que se terminó en 1682. La talla la hizo un taller local, y los iconos son obra del pintor Constantinos, probablemente el mismo que una década más tarde dirigió la decoración del monasterio de Hurezi. Sobre las puertas reales los tallistas colocaron a Jesé tendido, y de él brota una vid dorada que se extiende por toda la pared tallada. Con esa vid representaron el linaje de Cristo desde la casa de David. Constantinos pintó los iconos con combinaciones bruscas de rojo, azul y verde sobre fondo de oro.
Antes de la demolición, el arquitecto Camil Roguski logró salvar la piedra, las columnas y los frescos de la iglesia y llevarlos al monasterio de Cernica. Entre los fragmentos salvados estaban los retratos de los fundadores pintados por Pârvu Mutu, el mismo pintor cuyo autorretrato de Bordești ya hemos visto.

Según los empleados del museo, en diciembre de 1989 las balas alcanzaron también el iconostasio, aunque nadie anotó dónde. La restauración terminó en 2002, y en un cuarto de siglo el iconostasio se desmontó y se volvió a montar tres veces, en 1977, después de 1989 y en 2002.
En 2009 el Gobierno decidió entregar a la Administración Presidencial, para la iglesia reconstruida, el iconostasio y unos 140 objetos más de Cotroceni que guardaba el museo. Los restauradores y conservadores del museo protestaron, porque consideraban peligroso para el iconostasio un nuevo desmontaje e inadecuado el microclima de la nueva iglesia. El resto del ajuar litúrgico volvió a Cotroceni y se expone allí desde octubre de 2014.
En la iglesia reconstruida de Cotroceni hay ahora una copia. El original se quedó aquí, en el antiguo palacio real. A lo largo de varios siglos, las obras de este museo fueron arrancadas de los muros, cortadas y vueltas a coser, compradas, legadas por testamento, rescatadas después de un terremoto y restauradas después de los disparos. Por eso aquí, junto a la historia del arte, casi siempre corre una segunda historia: cómo llegó exactamente cada obra hasta nosotros.
Más allá de la lista
Esta lista se construyó en torno a obras cuyo camino hasta el palacio también tiene interés, y Tonitza y Andreescu fueron dos excepciones deliberadas. Fuera de ella queda mucho más por lo que merece la pena visitar el museo. En la galería de arte rumano antiguo conviene buscar el epitafio del monasterio de Cozia, de 1395–1396, y la cruz procesional de Dosoftei de Putna, de 1561. En la galería europea hay otros dos cuadros de El Greco, «Los desposorios de la Virgen» y «San Mauricio», y el «Retrato de Giovanna Spinola Pavese» de Rubens. En la galería rumana están «Anémonas» de Luchian, «Muchachas hilando a la puerta» de Grigorescu y «Flores en la ventana. Place Dauphine» de Theodor Pallady.





























